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Cristo y la Verdad en la Era de la Posverdad

  • Foto del escritor: Yonathan Lara
    Yonathan Lara
  • 3 dic 2025
  • 7 Min. de lectura

Introducción: un mundo confundido


En los últimos años hemos escuchado con frecuencia la palabra “posverdad”. El término describe una atmósfera cultural en la cual los hechos objetivos pierden importancia frente a las emociones y las narrativas personales. En la posverdad, lo que importa no es si algo es verdadero, sino si resulta convincente, atractivo o útil para reforzar una identidad grupal. La consecuencia es devastadora: la verdad se convierte en un accesorio manipulable, y lo decisivo pasa a ser la percepción subjetiva. Este fenómeno no se limita a la política o los medios de comunicación; también afecta a la vida de fe. Muchos creyentes, influenciados por esta lógica cultural, comienzan a concebir el Evangelio no como verdad revelada y objetiva, sino como experiencia subjetiva que puede ajustarse a gustos y emociones.


El desafío pastoral que esto plantea es inmenso. Una Iglesia llamada a ser “columna y baluarte de la verdad” (1 Timoteo 3:15) se encuentra inmersa en un mundo donde la verdad se relativiza, y la tentación de acomodar el mensaje a las emociones es fuerte. El pastor de hoy no solo debe predicar, sino también discernir, corregir y acompañar a creyentes que viven rodeados de discursos fragmentados y contradictorios. En este contexto, necesitamos recuperar la centralidad de Cristo como verdad encarnada y el amor por la verdad como disciplina espiritual.


La verdad en la Escritura

La Biblia no trata la verdad como una idea abstracta, sino como una realidad relacional y personal. Jesús no dijo: “Yo conozco la verdad”, sino “Yo soy la verdad” (Juan 14:6). Esto significa que la verdad no se reduce a proposiciones, sino que se concentra en una Persona. Cristo es la revelación final de Dios y, por lo tanto, la medida de todo lo que es verdadero. Su vida, su muerte y su resurrección constituyen el fundamento de nuestra fe.


Al mismo tiempo, la Escritura insiste en que la verdad tiene un carácter liberador: “y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32). En una cultura que exalta la autoexpresión como libertad, la Biblia enseña que la verdadera libertad no está en seguir los deseos del corazón, sino en someterse a la verdad de Cristo. La verdad bíblica no oprime; libera al ser humano de la esclavitud de la mentira y del pecado.


El apóstol Pablo exhorta a los creyentes a vivir “reteniendo la verdad en amor” (Efesios 4:15). Esta frase une dos dimensiones inseparables: la verdad no se sostiene como arma de juicio, sino como expresión de amor. Al mismo tiempo, el amor no puede divorciarse de la verdad sin convertirse en sentimentalismo vacío. La Iglesia está llamada a ser un espacio donde ambas realidades se abrazan y se sostienen mutuamente.


La cultura de la posverdad

El término “posverdad” fue elegido palabra del año por el diccionario Oxford en 2016, pero describe una tendencia más antigua. La posverdad no significa ausencia de verdad, sino indiferencia hacia ella. Lo importante ya no es lo que ocurrió, sino lo que la gente siente o cree que ocurrió. En la política, esto se traduce en discursos que apelan más a la emoción que a los hechos. En los medios, se refleja en la proliferación de fake news. En la vida cotidiana, se manifiesta en la idea de que “cada uno tiene su verdad”.


En las redes sociales, la posverdad se amplifica de manera alarmante. Algoritmos diseñados para maximizar la interacción nos encierran en burbujas de información donde solo vemos lo que confirma nuestras preferencias. Así, la verdad se fragmenta en miles de narrativas subjetivas. Lo mismo ocurre en el terreno espiritual: muchos consumen frases motivacionales, predicaciones cortas y experiencias emocionales que se adaptan a sus gustos, pero carecen de profundidad bíblica.


El problema no es que la gente no tenga acceso a la verdad, sino que ya no la considera prioritaria. En este sentido, la posverdad no es solo una crisis intelectual, sino también moral. Pablo lo advirtió en 2 Timoteo 4:3: “porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias”. Vivimos precisamente en ese tiempo, donde la preferencia personal pesa más que la enseñanza apostólica.


El desafío pastoral en la Iglesia

La cultura de la posverdad influye inevitablemente en la Iglesia. Muchos creyentes ya no preguntan: “¿Es esto bíblico?”, sino “¿Me hace sentir bien?”. El criterio de verdad se desplaza de la revelación a la emoción. Esto genera varias dificultades pastorales.


En primer lugar, aparece la superficialidad doctrinal. La enseñanza sólida se percibe como aburrida o demasiado exigente, mientras que los mensajes motivacionales y las experiencias emocionales capturan más atención. El pastor se enfrenta a una congregación que prefiere palabras suaves antes que confrontación profética.


En segundo lugar, surge el relativismo interno. Algunos cristianos adoptan la idea de que todas las interpretaciones son igualmente válidas, y que insistir en la verdad bíblica es intolerancia. Esto debilita la autoridad de la Palabra y abre espacio para todo tipo de distorsiones.


En tercer lugar, se multiplican las “fake news espirituales”. Así como circulan noticias falsas en política, también circulan enseñanzas falsas disfrazadas de espiritualidad. Frases como “Dios nunca permitirá que sufras” o “la fe siempre garantiza prosperidad material” se difunden rápidamente porque apelan a emociones, aunque contradicen la Escritura.


En cuarto lugar, la posverdad alimenta divisiones. Cuando cada grupo construye su narrativa de la fe, la unidad se fragmenta. En lugar de un cuerpo fundamentado en la verdad de Cristo, la Iglesia corre el riesgo de convertirse en un mosaico de opiniones personales.


Cristo como antídoto contra la posverdad

Frente a este panorama, la respuesta pastoral no puede ser simplemente insistir en datos o dogmas. La Iglesia necesita recuperar la centralidad de Cristo como verdad encarnada. Esto significa que la fe no se sostiene solo en argumentos, sino en una relación viva con Aquel que es la verdad.


Jesús es el antídoto contra la posverdad porque en Él convergen lo objetivo y lo subjetivo. Su resurrección es un hecho histórico comprobable, pero al mismo tiempo es una experiencia transformadora que cambia vidas. El Evangelio no es una narrativa entre muchas, sino el anuncio de un acontecimiento real: Dios ha entrado en la historia en Cristo y la ha redimido.


La tarea pastoral, entonces, consiste en llevar a los creyentes a una experiencia integral de la verdad. No basta con transmitir información doctrinal; es necesario conducirlos a una comunión con Cristo que impacte todas las áreas de la vida. La verdad debe enseñarse, pero también vivirse. Debe predicarse desde el púlpito y encarnarse en la comunidad.


Discipulado profundo frente a la superficialidad

Una de las respuestas más urgentes al desafío de la posverdad es recuperar el discipulado profundo. Muchas iglesias han reducido la formación cristiana a programas breves o cursos de introducción, pero la cultura actual exige procesos más sólidos. En un mundo donde abundan narrativas falsas, los creyentes necesitan herramientas para discernir y sostenerse en la verdad.


El discipulado profundo implica enseñar la Palabra con claridad y profundidad. No se trata de ofrecer entretenimiento espiritual, sino alimento sólido. Hebreos 5:14 dice que “el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal”. La madurez espiritual no surge de consumir mensajes ligeros, sino de ejercitarse en la verdad.


Esto requiere también modelos de mentoría y acompañamiento. La verdad no se transmite solo con palabras, sino con vida compartida. Los creyentes necesitan ver cómo la verdad de Cristo transforma relaciones, decisiones y prioridades. Un discipulado auténtico combina enseñanza bíblica con acompañamiento pastoral cercano.


Amor a la verdad como disciplina espiritual

Otro aspecto fundamental es cultivar el amor a la verdad como disciplina espiritual. En 2 Tesalonicenses 2:10, Pablo advierte sobre quienes perecen “por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos”. No basta con conocer la verdad; es necesario amarla. En un mundo donde las mentiras son atractivas y convenientes, solo el amor a la verdad nos sostendrá firmes.


El amor a la verdad se cultiva en la oración, la adoración y la meditación en la Palabra. Cada vez que nos exponemos a la Escritura con humildad, entrenamos el corazón para desear lo verdadero. Cada vez que rechazamos una mentira cultural y abrazamos la enseñanza de Cristo, fortalecemos nuestra fidelidad.


Los pastores deben enseñar que amar la verdad no siempre será popular ni cómodo. A veces significará ser incomprendidos o rechazados. Pero también deben mostrar que abrazar la verdad trae libertad y gozo. Cuando una comunidad entera se compromete con la verdad, se convierte en un testimonio poderoso en medio de una cultura engañada.


El papel de la comunidad en la formación en la verdad

La posverdad fragmenta, pero la Iglesia une. En un mundo de narrativas individuales, la comunidad cristiana ofrece un espacio donde la verdad se discierne en conjunto. Nadie tiene el monopolio de la verdad, pero todos podemos edificarnos mutuamente a la luz de la Palabra y del Espíritu.


Esto implica recuperar prácticas comunitarias como el estudio bíblico en grupo, la confesión de fe y el discernimiento congregacional. Cuando los creyentes dialogan y oran juntos, aprenden a filtrar las narrativas culturales y a sostenerse en la verdad de Cristo. La comunidad se convierte así en un baluarte contra la manipulación y el engaño.


Además, la comunidad encarna la verdad en el amor. La verdad no es solo un discurso, sino una vida compartida. Jesús dijo: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Juan 13:35). Una comunidad que vive en amor y en verdad ofrece al mundo una alternativa creíble frente al caos de la posverdad.


Conclusión: un llamado pastoral a abrazar la verdad

La era de la posverdad plantea un desafío enorme para la Iglesia, pero también una oportunidad. En medio de un mundo confundido, podemos brillar como testigos de la verdad en Cristo. La clave no está en gritar más fuerte que las mentiras, sino en vivir más profundamente en la verdad.


El llamado pastoral es claro: necesitamos predicar a Cristo como verdad encarnada, discipular con profundidad, cultivar el amor a la verdad y fortalecer la vida comunitaria. Solo así podremos formar creyentes que no se dejen arrastrar por narrativas emocionales, sino que permanezcan firmes en la Palabra.


Cristo sigue siendo la verdad que libera, la luz que ilumina, la roca que sostiene. Frente a la cultura de la posverdad, nuestra tarea no es adaptarnos, sino encarnar la diferencia. Debemos enseñar a la Iglesia a pasar de la opinión al discernimiento, de la emoción al fundamento, del yo subjetivo al Cristo objetivo. Y cuando lo hagamos, mostraremos al mundo que la verdad no es relativa ni negociable, sino que tiene un nombre y un rostro: Jesús de Nazaret, Señor y Salvador de todos.

 

 
 
 
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