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La Iglesia y el Poder: Entre la Influencia Cultural y la Fidelidad Profética

  • Foto del escritor: Yonathan Lara
    Yonathan Lara
  • 17 dic 2025
  • 7 Min. de lectura

La Iglesia pierde su voz profética cuando se arrodilla ante el poder.

Introducción: un dilema que atraviesa los siglos

Desde los primeros siglos, la Iglesia ha enfrentado un dilema constante: ¿cómo relacionarse con el poder? En un extremo, la tentación de abrazarlo para ganar influencia cultural y política. En el otro, el llamado a mantenerse fiel a Cristo aun si eso significa perder prestigio y seguridad. Entre ambos extremos se libra una batalla que no es solo histórica, sino profundamente espiritual.


Cuando leemos los Evangelios y el libro de los Hechos, encontramos una Iglesia nacida en la marginalidad, sin privilegios sociales, perseguida por autoridades religiosas y políticas. Sin embargo, esa Iglesia fue capaz de transformar el Imperio Romano, no desde los palacios, sino desde las casas; no desde los tronos, sino desde las catacumbas. La paradoja es evidente: su falta de poder mundano se convirtió en la fuente de su verdadera autoridad espiritual.


Hoy, en el siglo XXI, el dilema sigue siendo el mismo. En un mundo polarizado y dominado por ideologías, muchos creyentes y líderes sienten la tentación de aliarse con los poderes de turno para “defender valores cristianos”. Pero al hacerlo corren el riesgo de diluir el Evangelio en proyectos humanos. El desafío pastoral es claro: necesitamos discernir cuándo nuestra voz se convierte en profecía y cuándo en propaganda.


El poder según el mundo y el poder según el Reino

Para comprender este dilema es necesario distinguir entre dos concepciones del poder. En el mundo, el poder se entiende como dominio, control e imposición. Es la capacidad de influir por la fuerza o por la ley, de decidir sobre otros y de asegurar privilegios. En esta lógica, el poder se convierte en un fin en sí mismo.


El Reino de Dios, en cambio, redefine radicalmente el poder. Jesús lo dijo claramente a sus discípulos en

Mateo 20:25–28: “Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor; y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.”

Aquí Jesús invierte la lógica del mundo. El verdadero poder no consiste en imponerse, sino en entregarse. No está en controlar, sino en servir. No busca privilegio, sino sacrificio. Esta visión es profundamente subversiva: revela que el poder del Reino se manifiesta en la cruz, no en la espada; en el lavatorio de los pies, no en el trono imperial.


Jesús redefine la autoridad

Cuando observamos el ministerio de Jesús, vemos que rechazó constantemente la fascinación del poder mundano. En el desierto, Satanás le ofreció todos los reinos del mundo a cambio de adoración (Mateo 4:8–10). Jesús respondió con firmeza: “Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás”. Su misión no era conquistar tronos terrenales, sino establecer el Reino eterno mediante la obediencia al Padre.


En Juan 6, después de multiplicar los panes, la multitud quiso hacerlo rey por la fuerza. Jesús se apartó. En Jerusalén, entró montado en un asno, no en un caballo de guerra. Ante Pilato, afirmó: “Mi reino no es de este mundo” (Juan 18:36). Estas decisiones muestran que el Señor se negó a confundir su misión con los esquemas de poder humano.


La Iglesia, como Cuerpo de Cristo, debe seguir ese mismo camino. Cada vez que nos seduce la idea de “reinar” según los criterios del mundo, corremos el riesgo de perder la esencia de nuestro llamado. Nuestra autoridad no está en las alianzas políticas ni en la aprobación social, sino en la fidelidad al Evangelio.


Peligros de la fascinación con el poder cultural y político

A lo largo de la historia, la Iglesia ha vivido momentos en los que cedió a la fascinación del poder. Cuando Constantino legalizó el cristianismo en el siglo IV, se abrió una nueva etapa: la Iglesia dejó de ser perseguida y comenzó a ser favorecida. Esto trajo beneficios, pero también riesgos. La fe se expandió, pero el poder político comenzó a mezclarse con la misión espiritual.


En la Edad Media, esta mezcla alcanzó su punto máximo. Papas y reyes competían por controlar territorios y ejércitos en nombre de Dios. La Inquisición y las Cruzadas son ejemplos de cómo la fe fue instrumentalizada para proyectos políticos y militares. El Evangelio se confundió con la espada, y la voz profética fue silenciada por intereses de poder.


Hoy, en el siglo XXI, enfrentamos riesgos similares. En diferentes contextos, líderes cristianos se acercan demasiado a los poderes políticos, defendiendo agendas más ideológicas que bíblicas. La tentación es creer que el Reino de Dios avanzará más rápido si controlamos leyes y gobiernos. Pero la historia demuestra que cada vez que la Iglesia se arrodilló ante el poder, perdió su fuerza profética y su credibilidad moral.


La tentación del dominionismo y el nacionalismo religioso

En tiempos de polarización política, surge con fuerza la tentación del dominionismo: la idea de que la Iglesia debe conquistar estructuras sociales y gubernamentales para imponer la ley de Dios. Aunque esta visión busca defender valores, termina confundiendo el Reino con un proyecto humano. El Reino no avanza por imposición, sino por transformación del corazón.


El nacionalismo religioso es otra tentación. Identificar el Evangelio con una bandera o con un partido político es reducir a Cristo a la medida de una ideología. Esto no solo distorsiona el mensaje, sino que excluye a quienes no comparten esa identidad cultural. El Evangelio no es patrimonio de una nación; es buena noticia para todas las naciones. Cada vez que la Iglesia se casa con un poder político, pierde su universalidad y se convierte en rehén de intereses temporales.


El llamado profético de la Iglesia

Frente a estas tentaciones, la Iglesia debe recuperar su vocación profética. En la Biblia, los profetas no buscaban el favor de los reyes, sino que denunciaban la injusticia y recordaban la fidelidad al pacto. Jeremías fue encarcelado por hablar contra el poder de su tiempo. Amós denunció la opresión de los pobres. Juan el Bautista perdió la vida por confrontar al rey Herodes. La voz profética siempre incomoda, nunca se acomoda.


La Iglesia está llamada a ser esa voz. Ser profética no significa alinearse con un bando político, sino proclamar la verdad de Dios aun cuando no convenga. Significa denunciar la corrupción, la explotación, la injusticia, venga de donde venga. Significa recordar que el verdadero Rey es Cristo y que todo poder humano es temporal.


Esta vocación profética se ejerce también en la comunidad. Una Iglesia profética no solo denuncia, sino que encarna alternativas. Vive como anticipo del Reino: una comunidad de justicia, servicio y amor que muestra al mundo que otro camino es posible.


Ejemplos contemporáneos de la tensión Iglesia-poder

Hoy vemos cómo en muchos lugares la Iglesia enfrenta la tentación de diluir su mensaje para mantener privilegios. En sociedades donde la fe aún goza de prestigio, líderes pueden callar ante injusticias para no perder acceso a las esferas de poder. En contextos de persecución, otros pueden negociar su silencio para garantizar supervivencia.


Pero también vemos ejemplos inspiradores. Comunidades que deciden servir a los pobres sin esperar favores políticos. Iglesias que defienden la vida, la justicia y la dignidad aun cuando eso implique perder subvenciones o enfrentar críticas. Pastores que prefieren ser fieles a Cristo antes que ser populares en los medios. Estos testimonios muestran que la voz profética sigue viva cuando la Iglesia se mantiene firme en el Reino.


Cómo ejercer influencia sin perder fidelidad

La pregunta inevitable es: ¿puede la Iglesia influir en la cultura sin perder fidelidad al Evangelio? La respuesta es sí, pero bajo condiciones claras. La influencia legítima no surge de alianzas con el poder, sino de la coherencia del testimonio. La Iglesia influye cuando vive lo que predica, cuando muestra un estilo de vida distinto que provoca preguntas en la sociedad.


Esto requiere líderes que estén dispuestos a perder antes que a traicionar. Líderes que no usen el púlpito para hacer campaña, sino para proclamar la Palabra. Iglesias que no se midan por su acceso a políticos, sino por su impacto en las comunidades. La influencia verdadera no es la de la propaganda, sino la del testimonio fiel.


El discipulado es clave. Una Iglesia discipulada en la verdad de Cristo sabrá discernir entre propaganda y profecía. Sabrá diferenciar entre alianzas que comprometen y colaboraciones que sirven. Y sobre todo, sabrá que el Reino de Dios no depende de favores humanos, sino del poder del Espíritu Santo.


Conclusión: un llamado a líderes y congregaciones

La relación entre la Iglesia y el poder seguirá siendo un dilema hasta el regreso de Cristo. Pero la Escritura nos da la brújula: no podemos servir a dos señores. La Iglesia pierde su voz cuando se enamora del poder, pero la recupera cuando se mantiene fiel al Reino.


Este es un llamado urgente a los líderes: no sacrifiquen la fidelidad en el altar de la influencia. No conviertan el púlpito en tribuna ideológica. No se dejen seducir por aplausos ni por promesas de los poderosos. Sean pastores, no políticos disfrazados. Su misión no es conquistar palacios, sino guiar al pueblo de Dios hacia la fidelidad a Cristo.


Y es también un llamado a las congregaciones: no se dejen engañar por discursos que confunden Evangelio con ideología. Amen la verdad por encima de la comodidad. Sigan a Cristo aunque eso signifique ir contra la corriente. Recuerden que el Reino no se impone, se encarna; no se conquista, se recibe; no se negocia, se vive.


La Iglesia de hoy tiene la oportunidad de recuperar su fuerza profética. No lo hará desde los palacios, sino desde la cruz. No lo hará buscando privilegios, sino sirviendo al mundo con amor y verdad. Y cuando lo haga, volverá a ser lo que siempre estuvo llamada a ser: una comunidad que anuncia al único Rey verdadero y que vive como anticipo de su Reino eterno.

 

 
 
 

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