El Reino de Dios y la Crisis Ecológica: Una Perspectiva Teológica
- Yonathan Lara
- 10 dic 2025
- 7 Min. de lectura
Introducción: un clamor que no podemos ignorar
En nuestros días, el planeta entero parece levantar un grito que atraviesa fronteras y culturas. Incendios forestales que devoran miles de hectáreas, huracanes más intensos, sequías prolongadas, deshielos acelerados en los polos, toneladas de plástico en los océanos. La creación, que en Génesis es presentada como “buena en gran manera”, parece estar herida de muerte. No hace falta ser científico para percibirlo: basta con mirar alrededor y ver que algo no está bien.
El apóstol Pablo, en Romanos 8:22, nos da una clave espiritual para interpretar esta situación: “sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora”. Ese gemido no es nuevo, pero hoy resuena con más fuerza que nunca. La crisis ecológica no es solo un problema técnico, político o económico: es también un asunto espiritual que interpela a la Iglesia.
Aquí se abre un desafío teológico y pastoral de primer orden. ¿Cómo debe responder la Iglesia del siglo XXI a la crisis ecológica desde la perspectiva del Reino de Dios? ¿Qué dice la Escritura sobre la relación entre humanidad y creación? ¿Cómo evitar caer en extremos: la indiferencia irresponsable o la idolatría ecológica? Y sobre todo, ¿cómo encarnar un testimonio comunitario que proclame que Cristo es Señor no solo de nuestras almas, sino de toda la creación?
La creación en el plan de Dios
La Biblia comienza con una afirmación contundente: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Génesis 1:1). La creación no es fruto del azar ni de un accidente cósmico, sino de la voluntad soberana de un Dios bueno que habló y todo existió. Cada día de la creación termina con una frase reveladora: “Y vio Dios que era bueno”. Al final del proceso, cuando el ser humano es creado a imagen y semejanza de Dios, el veredicto se eleva: “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (Génesis 1:31).
Esto nos recuerda algo esencial: la creación tiene valor en sí misma, porque procede de Dios y refleja su gloria. El salmo 19 lo proclama: “Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos”. Cuidar la creación no es una agenda secundaria, es reconocer el carácter sagrado del mundo como escenario donde se manifiesta la gloria de Dios.
Al ser creados a su imagen, los seres humanos recibimos un mandato específico: “llenad la tierra y sojuzgadla; y señoread… en toda la tierra” (Génesis 1:28). Este mandato ha sido malinterpretado a veces como licencia para explotar sin límites, pero en realidad implica responsabilidad. No somos dueños absolutos, sino administradores. El “dominio” al que se refiere Génesis no es tiranía, sino mayordomía. Nuestra tarea no es destruir ni abusar, sino cultivar, proteger y desarrollar la creación para que cumpla el propósito de glorificar a Dios.
La crisis ecológica contemporánea
El mundo actual enfrenta una crisis ecológica de dimensiones globales. Científicos advierten que el calentamiento global está provocando fenómenos extremos: olas de calor, inundaciones, incendios forestales. Millones de especies están en peligro de extinción, y los ecosistemas sufren alteraciones profundas. La contaminación del aire y del agua afecta directamente la salud de comunidades enteras, especialmente las más pobres.
Pero más allá de los datos científicos, lo importante es discernir espiritualmente lo que está ocurriendo. El clamor de la creación es también el clamor de los pobres. Aquellos que menos han contribuido a la crisis climática son, paradójicamente, los que más sufren sus consecuencias. En esto se hace evidente que la crisis ecológica es también una crisis de justicia.
La Iglesia no puede permanecer indiferente. Si creemos que el Reino de Dios tiene implicaciones para toda la vida, debemos reconocer que el cuidado de la creación forma parte de nuestra misión. No se trata de adherir a una ideología ambientalista sin más, sino de recuperar una visión bíblica de la creación como don de Dios y campo de misión.
El pecado y la corrupción de la creación
La crisis ecológica no es un accidente, es fruto del pecado. Cuando Adán y Eva desobedecen en el huerto, no solo se rompe su relación con Dios; también se distorsiona la relación con la creación. Génesis 3 describe cómo la tierra misma queda maldita: “maldita será la tierra por tu causa” (v. 17). El sudor, el dolor y la espina se convierten en parte de la experiencia humana en el mundo caído.
El pecado humano ha producido sistemas económicos, políticos y culturales que explotan la creación en lugar de cuidarla. La codicia lleva a deforestar bosques enteros, la avaricia a contaminar ríos, la indiferencia a ignorar especies en peligro. El pecado se expresa no solo en actos individuales, sino en estructuras que perpetúan injusticia ambiental.
Romanos 8 nos ofrece una perspectiva esperanzadora: la creación gime “con dolores de parto”. Es decir, su sufrimiento no es el final, sino el preludio de una nueva vida. La redención en Cristo no se limita a los seres humanos; alcanza a toda la creación. Esta esperanza nos impulsa a no rendirnos, sino a trabajar activamente en la mayordomía fiel de la tierra.
Cristo como reconciliador cósmico
Uno de los pasajes más poderosos del Nuevo Testamento es Colosenses 1:15–20. Allí se describe a Cristo como el centro y el fin de toda la creación: “Porque en él fueron creadas todas las cosas… todo fue creado por medio de él y para él”. Pero Pablo no se detiene en la creación; añade: “y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz”.
Esto nos abre una dimensión cósmica de la obra de Cristo. Su cruz no solo redime a individuos, sino que inaugura la reconciliación de todo el universo. El Reino de Dios no es una realidad etérea en el cielo, es la restauración de todas las cosas bajo el señorío de Cristo. Cuando oramos “manifiesta tu Reino”, estamos pidiendo que esa reconciliación cósmica avance en nuestra historia.
La crisis ecológica, entonces, no debe verse solo como un problema científico, sino como un campo donde se manifiesta la necesidad de reconciliación. Cuidar la creación es un acto de fe en el Cristo cósmico que reconcilia todo. Es participar en la misión de Dios de restaurar su mundo.
La misión de la Iglesia como mayordoma de la creación
La Iglesia está llamada a proclamar el Evangelio completo. Y el Evangelio completo incluye la redención de la creación. Reducir la fe a la salvación del alma individual es mutilar el mensaje. La buena noticia es que Dios, en Cristo, está haciendo nuevas todas las cosas (Apocalipsis 21:5).
Esto tiene consecuencias pastorales. La mayordomía de la creación no es un tema opcional o secundario, es parte de la espiritualidad cristiana. Una iglesia que ora “hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo” no puede ignorar la devastación ambiental. Ser testigos del Reino implica también ser testigos del cuidado, la justicia y la restauración.
Esto se traduce en acciones concretas: promover hábitos responsables de consumo, reducir el desperdicio, apoyar proyectos comunitarios de cuidado ambiental, educar a los jóvenes en la teología de la creación. Cada gesto, por pequeño que parezca, se convierte en acto profético que anuncia que el Reino de Dios ya está en medio de nosotros.
El peligro de la idolatría ecológica
Ahora bien, es necesario advertir un peligro: la idolatría ecológica. En algunas corrientes, la preocupación por el medio ambiente se convierte en una religión en sí misma. La tierra es venerada como madre absoluta, y la espiritualidad se reduce a la adoración de la naturaleza. Esto, lejos de resolver el problema, agrava la confusión.
La Biblia nos enseña que la creación es buena, pero no es Dios. Solo el Creador merece adoración. Nuestra misión no es idolatrar la naturaleza, sino cuidarla como administradores fieles. La diferencia es crucial: si absolutizamos la creación, caemos en panteísmo; si la despreciamos, caemos en irresponsabilidad; si la cuidamos como don de Dios, vivimos en la verdad del Reino.
El desafío pastoral consiste en guiar a los creyentes en este equilibrio: reconocer el valor de la creación sin convertirla en ídolo. Recordar que el fin último no es la conservación por sí misma, sino la glorificación de Dios.
Respuestas pastorales y comunitarias
¿Cómo responder pastoral y comunitariamente a la crisis ecológica? Algunas líneas de acción son claras.
Primero, debemos recuperar la predicación sobre la creación. Hablar de mayordomía, reconciliación cósmica y cuidado de la tierra como parte del Evangelio. Enseñar que el cristiano no solo ora por su vida personal, sino también por el mundo que Dios ama.
Segundo, necesitamos formar comunidades que vivan de manera coherente. Reducir el consumo irresponsable, reciclar, cuidar los recursos naturales. Estos gestos no son ideología, son discipulado. Mostrar que nuestra fe afecta también la forma en que usamos agua, energía, transporte.
Tercero, debemos involucrarnos en iniciativas de justicia ambiental. Muchas comunidades pobres sufren contaminación, falta de acceso a agua potable, desechos tóxicos. La Iglesia puede ser voz profética denunciando la injusticia y al mismo tiempo ser manos que sirven al necesitado.
Cuarto, debemos educar a las nuevas generaciones en una espiritualidad integral. Los niños y jóvenes necesitan aprender que el cuidado del planeta no es moda, sino obediencia a Dios. Incorporar la teología de la creación en la escuela dominical, los grupos de discipulado.
Conclusión: un llamado a la acción pastoral y comunitaria
El Reino de Dios y la crisis ecológica se encuentran en un punto crucial. No podemos predicar un Evangelio reducido al alma mientras la creación gime. El llamado es claro: como Iglesia debemos ser comunidad que encarna la esperanza del Reino también en nuestra relación con la tierra.
El desafío no es sencillo. Implica cambiar hábitos, educar, denunciar injusticias, promover prácticas responsables. Pero sobre todo, implica reconocer que cuidar la creación es parte de nuestra adoración al Creador. Cada acción de cuidado, cada gesto de responsabilidad, cada proyecto comunitario es una proclamación de que Cristo es Señor de todo.
La crisis ecológica es también una oportunidad misionera. El mundo busca soluciones y la Iglesia puede mostrar un camino distinto: no idolatría ecológica ni indiferencia destructiva, sino mayordomía fiel. Un camino que reconoce la creación como don y responsabilidad, y que apunta hacia la restauración final en Cristo.
Hoy más que nunca, la Iglesia está llamada a orar, predicar y actuar. La creación gime, y nosotros debemos responder. El Reino de Dios se anuncia también cuando cuidamos un río, cuando plantamos un árbol, cuando defendemos a una comunidad vulnerable, cuando enseñamos a los jóvenes a vivir con gratitud y responsabilidad.
No se trata de una agenda secundaria, se trata de vivir coherentemente el Evangelio. Porque si Cristo es el reconciliador de todas las cosas, entonces nuestra misión incluye proclamar esa reconciliación con palabras y con actos. Y cuando la Iglesia asume este llamado pastoral y comunitario, se convierte en señal viva de un Reino que ya ha comenzado y que un día hará nuevas todas las cosas.

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