El Evangelio frente a la Cultura de la Autoexpresión
- Yonathan Lara
- 26 nov 2025
- 7 Min. de lectura
Introducción: el yo como altar moderno
Vivimos en una era donde la autoexpresión ha alcanzado un nivel de sacralidad. La narrativa cultural repite incesantemente: “sé tú mismo”, “sigue tu corazón”, “no dejes que nadie te diga quién eres”. Desde canciones populares hasta campañas publicitarias, desde discursos políticos hasta plataformas digitales, se nos enseña que la autenticidad consiste en afirmar la propia identidad subjetiva sin importar las consecuencias. En este marco, lo peor que puede ocurrirle a una persona es vivir reprimida, condicionada o limitada por algo externo a sus deseos.
El Evangelio, sin embargo, ofrece una visión radicalmente diferente.
Jesús dijo: “El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Marcos 8:34).
La cultura de la autoexpresión sostiene que la vida plena está en afirmar el yo; el Evangelio enseña que la verdadera vida está en negarlo y rendirlo a Cristo. Estas dos lógicas son irreconciliables, pero es en esa tensión donde la Iglesia está llamada a dar testimonio hoy. El desafío no es menor: ¿cómo anunciar a una generación obsesionada con expresarse a sí misma que la verdadera libertad no está en el yo, sino en Cristo?
El surgimiento de la cultura de la autoexpresión
Para comprender este fenómeno debemos rastrear sus raíces. La exaltación del yo no apareció de la nada. Durante siglos, las culturas se estructuraban en torno a realidades externas: la familia, la tradición, la religión, la comunidad. La identidad de una persona estaba definida principalmente por su pertenencia. Sin embargo, la modernidad introdujo un giro: el individuo comenzó a percibirse como autónomo, capaz de definirse a sí mismo al margen de estructuras externas.
El Romanticismo del siglo XVIII y XIX acentuó esta dinámica al proponer que la autenticidad consiste en seguir la voz interior del corazón. Filósofos como Rousseau hablaban de la bondad natural del ser humano y de la corrupción que proviene de las instituciones. Más tarde, el existencialismo del siglo XX, con figuras como Sartre, planteó que el hombre no tiene esencia dada, sino que debe inventarse a sí mismo. En nuestros días, esta visión se ha popularizado en lo que Charles Taylor llama “la era de la autenticidad”: un momento cultural donde lo más sagrado es la autoexpresión.
Las redes sociales han amplificado este paradigma. Ahora no solo se trata de ser uno mismo, sino de exhibir constantemente quién creemos ser. El “like” se convierte en confirmación de la identidad, y la imagen proyectada adquiere más peso que la realidad interior. La cultura de la autoexpresión se convierte así en cultura de la autopromoción.
El choque con el Evangelio
El Evangelio desafía frontalmente esta lógica. Jesús no llamó a sus discípulos a “ser fieles a sí mismos”, sino a morir al yo para seguirle. La cruz no es una metáfora de autenticidad, sino el símbolo de la rendición. El apóstol Pablo expresa esta dinámica cuando dice:
“Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” (Gálatas 2:20).
La vida cristiana no consiste en dar rienda suelta al yo, sino en permitir que Cristo lo transforme y gobierne.
Esto no significa anular la identidad personal, sino descubrirla en Cristo. El Evangelio no nos invita a convertirnos en clones uniformes, sino en hijos restaurados que encuentran su verdadera vocación en la unión con el Hijo. Jesús no aplasta nuestra personalidad; la redime y la orienta hacia el propósito eterno de Dios.
Aquí radica la diferencia crucial: la cultura dice “mírate dentro para encontrar quién eres”; el Evangelio dice “mira a Cristo para descubrir quién eres realmente”. La primera lógica termina encerrando a las personas en su subjetividad frágil e inestable; la segunda libera al yo de su cárcel narcisista y lo introduce en la plenitud de una identidad recibida como don.
La idolatría del yo
La autoexpresión se convierte en idolatría cuando coloca al yo en el centro del universo. La Escritura enseña que la idolatría no siempre es rendir culto a imágenes de piedra; también puede ser absolutizar realidades creadas y colocarlas en el lugar de Dios. En la cultura contemporánea, el ídolo más sutil es el yo. La psicología popular, la publicidad y la industria del entretenimiento repiten que no hay nada más sagrado que nuestra autenticidad.
Este culto al yo produce consecuencias devastadoras. Por un lado, genera ansiedad. Si la identidad depende de mí mismo, debo construirla, sostenerla y validarla constantemente. Esto explica en parte la epidemia de inseguridad y depresión en nuestra época: el yo es un fundamento demasiado frágil para sostener la vida. Por otro lado, produce aislamiento. Si ser auténtico significa no dejar que nada externo me defina, termino desconectado de comunidad, tradición y responsabilidad. Finalmente, produce arrogancia. Cuando el yo es el centro, los demás se convierten en instrumentos o amenazas, no en prójimos a quienes amar.
El Evangelio denuncia esta idolatría mostrando que el yo no puede salvarse a sí mismo. El corazón humano es engañoso y perverso (Jeremías 17:9), y seguirlo ciegamente no conduce a autenticidad, sino a destrucción. Solo cuando el yo se rinde a Cristo, encuentra redención y libertad.
La cruz como camino a la verdadera identidad
La paradoja del Evangelio es que solo perdemos nuestra vida para encontrarla. Jesús dijo: “El que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 16:25). En la lógica del mundo, negarse a uno mismo es represión; en la lógica del Reino, es liberación. El yo que se aferra a sí mismo termina vacío; el yo que se entrega a Cristo encuentra plenitud.
Pablo entendió esta dinámica cuando escribió:
“Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17).
La nueva creación no consiste en añadir una capa espiritual al viejo yo, sino en recibir una identidad totalmente renovada en Cristo. Esta identidad no depende de logros, gustos, sentimientos o validaciones externas, sino de la obra consumada del Hijo de Dios.
Por eso, la cruz no destruye nuestra singularidad, sino que la purifica. El yo no desaparece, sino que es transformado en Cristo. Somos liberados de la tiranía de tener que inventarnos y sostenidos por la gracia de recibirnos como hijos amados.
La autoexpresión en la Iglesia: riesgos y tentaciones
El problema no está solo afuera; la cultura de la autoexpresión también se filtra en la Iglesia. A veces se predica un Evangelio reducido a realización personal: “Dios quiere que seas la mejor versión de ti mismo”, “cree en ti y Dios cumplirá tus sueños”. Estas frases, aunque suenen motivadoras, colocan al yo en el centro y reducen a Dios a un medio para potenciar la autoexpresión.
El peligro es sutil: convertir el Evangelio en una herramienta de autoayuda. En lugar de anunciar la cruz y la resurrección, se ofrece un mensaje terapéutico que alimenta el narcisismo espiritual. La adoración puede transformarse en espectáculo de emociones; la predicación en motivación sin confrontación; la comunidad en un espacio de autoafirmación.
La tentación del liderazgo también es real. En una cultura que premia la visibilidad y la marca personal, muchos líderes cristianos pueden caer en la trampa de construir plataformas centradas en sí mismos más que en Cristo. El ministerio se convierte en un medio de autoexpresión en lugar de un servicio de entrega.
Discernir y resistir
La respuesta de la Iglesia no debe ser un rechazo simplista a la cultura, sino un discernimiento profundo. No todo lo que se llama autenticidad es idolatría. Hay un sentido sano en el que cada creyente debe expresar los dones, talentos y personalidad que Dios le dio. El problema surge cuando la autoexpresión se convierte en fin último y sustituye a Cristo.
Resistir esta idolatría requiere cultivar disciplinas espirituales que nos descentren del yo. La oración nos enseña a mirar más allá de nosotros mismos; el ayuno nos libera del dominio del deseo; la comunidad nos recuerda que no somos autosuficientes; la adoración nos saca de la autopromoción y nos enfoca en Dios.
Además, necesitamos recuperar una predicación centrada en Cristo y en la cruz. La Iglesia debe atreverse a proclamar que el camino de la vida no es seguir el corazón, sino rendirlo al Señor. Esta verdad puede sonar ofensiva a la cultura, pero es la única que conduce a libertad.
La autoexpresión redimida: Cristo en nosotros
El Evangelio no destruye la necesidad de expresarnos, sino que la redime.
Pablo dice que
“Cristo en vosotros, la esperanza de gloria” (Colosenses 1:27).
La verdadera autoexpresión del creyente no es el despliegue del viejo yo, sino la manifestación de Cristo en él. Cuando vivimos en el Espíritu, nuestra personalidad es transformada para reflejar el carácter de Cristo.
Esto se ve en la comunidad cristiana: la diversidad de dones y culturas no se uniformiza, sino que se integra en el cuerpo de Cristo. Cada miembro expresa algo único, pero lo hace en función de la edificación común. La verdadera autenticidad no es independencia absoluta, sino interdependencia en el amor.
En la práctica, esto significa que un cristiano puede cantar, escribir, servir o trabajar con autenticidad, pero no para glorificarse a sí mismo, sino para reflejar a Cristo. La autoexpresión redimida es doxológica: vive para alabanza de la gloria de Dios.
Conclusión: del yo al Tú
El Evangelio frente a la cultura de la autoexpresión nos recuerda que el yo no es el centro de la historia. El centro es Cristo. La cultura dice “sé tú mismo”; el Evangelio dice “sé de Cristo”. La cultura promete libertad en seguir el corazón; el Evangelio ofrece verdadera libertad en rendirse al Señorío de Jesús.
La Iglesia está llamada a encarnar esta verdad en un mundo obsesionado con la autoafirmación. Nuestro testimonio debe mostrar que la vida plena no está en inventarse a sí mismo, sino en ser hallados en Cristo. Nuestra adoración debe ser un acto de descentramiento donde dejamos de mirarnos y levantamos la mirada al Cordero. Nuestra misión debe proclamar, con palabras y hechos, que el camino de la cruz es el único que conduce a la verdadera vida.
En última instancia, el llamado es a pasar del yo al Tú. De la autoexpresión al Cristo-expresión. De la búsqueda de autenticidad en el corazón engañoso a la plenitud de identidad en el corazón del Padre. Y cuando la Iglesia vive así, se convierte en una comunidad que no idolatra el yo, sino que refleja al Hijo, para gloria de Dios y esperanza del mundo.

Saludos, excelente entrada y un asunto realmente necesario y relevante. Como en todo, la necesidad de resolver las tensiones entre extremos, que, sin duda, solo se logra con la "centralidad" de Cristo en el evangelio. Ni el "yo" es totalmente perverso y debe ser anulado, así como tampoco puede gobernar la vida desde el aislamiento y la autodefinición. El evangelio viene a ubicarnos en el punto de equilibrio que es "Cristo en nosotros" donde expresamos un yo que ha recuperado su eje de definición y expresión. Ahora somos "en él, por él y para él" Gracias por expresarlo de manera tan acertada y bien estructurada. Bendiciones y saludos desde España.